
El déficit de hierro es mucho más frecuente en mujeres que entrenan y casi nunca se mira. Qué diferencia hay entre ferritina baja y anemia, y cuándo tiene sentido pedir una analítica.
Hay un cansancio que no se arregla durmiendo. Entrenas lo de siempre, comes más o menos igual, duermes tus horas y, aun así, las cuestas se han puesto cuesta arriba. Antes de echarle la culpa al estrés, al trabajo o a la edad, hay un parámetro que casi nunca se mira en las mujeres que entrenan: el hierro.
Conviene separar dos cosas que se confunden a diario. La hemoglobina es el hierro que ya está trabajando, el que transporta el oxígeno por la sangre. La ferritina es la despensa: el hierro que tienes guardado para cuando haga falta. Puedes tener la despensa casi vacía y la hemoglobina todavía dentro de rango; eso es un déficit de hierro sin anemia, y es justo el escenario que pasa desapercibido.
Por eso un análisis «normal» puede no serlo del todo para quien entrena. Si en la analítica solo aparece el hemograma y nadie pidió la ferritina, el problema sencillamente no se ve. No es que el laboratorio se equivoque: es que no se le preguntó lo que hacía falta preguntarle.
Una revisión sistemática con metaanálisis publicada en Sports Medicine ha reunido los ensayos de intervención sobre el estado del hierro en mujeres activas en edad fértil, tanto los que usaron suplementos como los que trabajaron con la dieta. El sulfato ferroso oral subió de forma significativa la hemoglobina, 0,42 g/dl de media, y la ferritina, 12,61 ng/ml. La conclusión de los autores es que tanto la suplementación oral como las intervenciones con alimentos ricos en hierro probablemente mejoran el estado del hierro.
Fíjate en ese «probablemente». Es la manera que tienen los autores de decir que la evidencia apunta en esa dirección, pero con reservas: los ensayos son pocos, con muestras pequeñas y poblaciones distintas entre sí. Ese matiz no es un tecnicismo aburrido; es exactamente lo que separa una recomendación sensata de un anuncio.
Aquí se juntan varias cosas a la vez: las pérdidas menstruales, una ingesta que a menudo se queda corta —sobre todo si se ha recortado la carne roja sin sustituirla bien— y el propio entrenamiento, que añade su parte. No hace falta ser atleta de élite para entrar en ese grupo: basta con encadenar semanas de carga y arrastrar una dieta que no se ha revisado nunca.
Suplementarse sin déficit no te hace ir más rápido. Solo te hace gastar más dinero.
Equipo Victoris
El hierro de origen animal, el llamado hemo, se absorbe mejor que el de origen vegetal. Pero el vegetal tiene truco: acompáñalo de vitamina C, un chorro de limón en las lentejas o un kiwi de postre, y la absorción mejora. Las legumbres, además, hacen doble trabajo, porque también suman en el capítulo de cuánta proteína necesitas si entrenas, el otro nutriente que se queda corto en las dietas improvisadas.
Y lo que estorba: el café y el té tomados justo con la comida no son grandes aliados de unas lentejas cuyo hierro te interesa aprovechar. No hace falta renunciar a ellos, que ya sabes lo que opinamos de el café antes de entrenar; basta con separarlos un rato de las comidas principales mientras estás intentando remontar la ferritina.
No vamos a decirte cuántos miligramos tomar ni qué marca comprar. Primero, porque no somos tu médico. Y segundo, porque el hierro no es una vitamina inofensiva que sobre por la vía urinaria: el exceso se acumula, y suplementarse sin déficit no mejora el rendimiento de nadie. El orden correcto es aburrido y funciona: analítica con ferritina, interpretación con un profesional y, si hace falta, tratamiento con seguimiento.
Mientras tanto, lo que sí está en tu mano: revisar si tu plato tiene fuentes de hierro de verdad a lo largo de la semana, no forzar la máquina los días en que el cuerpo pide tregua y, sobre todo, no normalizar un cansancio que dura meses. «Es que yo soy así de cansada» es un diagnóstico malísimo.
Apúntate a un reto Victoris y cada entreno te acerca a la medalla que llega a tu casa.