Cómo llegué
Empecé buscando una sola cosa: una excusa para dejar de negociar conmigo mismo. Siempre he tenido metas claras, pero a veces la rutina y las excusas intentan ganarte la partida. Necesitaba un marco que convirtiera cada salida a correr en una misión con principio y fin, y no en una vuelta al parque sin rumbo.
Me apunté al primer reto para poner a prueba mi disciplina y obligarme a sumar. No sabía que cruzar esa primera meta se convertiría en un hábito innegociable. Desde ese primer paso hasta cerrar hace unos días el cuarto reto, los 253 kilómetros se han construido zancada a zancada.
Lo más difícil
No fue el asfalto ni la distancia. Fueron los días grises y los contratiempos: los parones por una lesión de cadera, las semanas de rigidez en las que levantarse de la cama costaba el doble y los días en los que el cansancio te susurra que lo dejes para mañana.
Lo duro de verdad es calzarte las zapatillas cuando el cuerpo te pide sofá, o tener que ajustar el ritmo y seguir con cabeza y paciencia para no romperte.
El mayor obstáculo siempre está de cuello para arriba.
La meta
Lo que me hizo no soltar el timón fue entender que el dolor de la disciplina pesa menos que el remordimiento de abandonar. Cada reto ha tenido su propia identidad y me ha empujado a una versión más fuerte de mí mismo.
Ver cómo el contador sumaba kilómetros fue la gasolina definitiva. Al final no corres solo por una medalla: corres para demostrarte quién manda cuando las cosas se ponen cuesta arriba.
«No pienses en los cientos de kilómetros que tienes por delante; piensa solo en los diez minutos siguientes. Cálzate las zapatillas y cruza la puerta.»
